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“Es preferible irse a pique antes que rendir el pabellón”: se cumplen 200 años del Combate Naval de Quilmes
miércoles, 29 de julio de 2026
El 29 y 30 de julio de 1826, una escuadra al mando del Almirante Guillermo Brown enfrentó, en dos jornadas consecutivas, a una fuerza imperial brasileña de 23 unidades frente a las costas de Quilmes. Sin capturas ni rendiciones de por medio, el combate frustró el intento del Imperio del Brasil de ocupar esa posición y ceñir el cerco sobre Buenos Aires, y dejó una de las divisas morales más recordadas de la historia naval argentina.

Cinco años antes, en 1821, el Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve había anexado la Provincia Oriental bajo el nombre de Provincia Cisplatina, alterando el equilibrio regional y convirtiendo el estuario en un teatro de asedio permanente.
En abril de 1825, la expedición de los Treinta y Tres Orientales, al mando de Juan Antonio Lavalleja y con respaldo logístico y político argentino, inició la recuperación del territorio ocupado. El 25 de agosto de ese año, el Congreso de Florida declaró la independencia de la Provincia Oriental y su reincorporación a las Provincias Unidas; el Congreso argentino ratificó esa unión el 25 de octubre.
La respuesta del Imperio del Brasil fue la declaración formal de guerra el 10 de diciembre de 1825, seguida doce días después por el inicio del bloqueo naval al puerto de Buenos Aires. La estrategia imperial no buscaba una invasión terrestre inmediata, sino la asfixia comercial: cortar el ingreso de mercaderías y la salida de producción ganadera hasta forzar la capitulación económica de la joven república. Para el gobierno de Bernardino Rivadavia, sostener la aduana porteña — principal fuente de ingresos del Estado— se volvió tan urgente como sostener el frente de batalla en la Banda Oriental.
Para enfrentar esa presión, el Congreso dispuso en enero de 1826 la organización de una escuadra nacional y puso al frente al entonces coronel Guillermo Brown. La tarea era desafiante: buena parte de los hombres reclutados no tenía experiencia marinera, y los buques debieron adquirirse casi con la misma urgencia con la que se los ponía en servicio.

Fuerzas dispares, tácticas distintas
La disparidad entre ambas escuadras trascendía el simple conteo de cañones. Brasil operaba con una fuerza de proyección oceánica, cuya oficialidad conservaba una cohesión y una "memoria táctica" ganadas tras tres años de campaña conjunta en la guerra de independencia contra Portugal. La escuadra argentina, en cambio, era una fuerza de defensa costera recién ensamblada, con capitanes que apenas habían operado juntos.
Al llegar julio de 1826, el orden de batalla reflejaba esa brecha. Argentina alineaba sus unidades: la corbeta “25 de Mayo” como único buque de gran porte, los bergantines “Independencia”, “República”, “General Balcarce” y “Congreso”, las goletas “Río de la Plata”, “Pepa” y “Sarandí”, y nueve lanchas cañoneras. Del otro lado, el Imperio del Brasil desplegaba 23 unidades en línea de batalla, entre ellas las fragatas “Niterói” e “Imperatriz” y la corbeta “María da Glória”, además de diecinueve bergantines de vanguardia y soporte.

Pese a esa inferioridad numérica, Brown conocía una ventaja que ningún conteo de cañones reflejaba: el calado. La flota imperial, diseñada para aguas profundas, perdía buena parte de su superioridad de fuego en cuanto se aproximaba a la costa. Esa sería, en los hechos, la clave del combate que se avecinaba.
Tras el Combate Naval de Los Pozos, en junio de ese mismo año, la escuadra brasileña adoptó una táctica de acecho frente a Buenos Aires, a la espera de que Brown se moviera de sus posiciones. El 29 de julio, un informante advirtió que las fuerzas imperiales planeaban cruzar hacia la ciudad, dato que se confirmó con el avistaje de 19 velas que fondeaban al este del canal exterior, en dirección a Quilmes.

"Es preferible irse a pique antes que rendir el pabellón"
Brown interpretó la maniobra como una amenaza directa: Quilmes quedaba demasiado cerca de Buenos Aires como para esperar refuerzos. Reunió a la escuadra y, durante la noche, zarpó desde Los Pozos rumbo a Quilmes con la “25 de Mayo” como insignia, al mando del coronel Tomás Espora.
El control brasileño detectó el movimiento antes de lo previsto, y la sorpresa se perdió. En la oscuridad, solo la goleta “Río de la Plata”, al mando de Leonardo Rosales, secundó a la nave insignia contra la vanguardia imperial encabezada por la fragata “Niterói”. El resto de los comandantes patriotas, por indecisión o falta de instrucciones, se mantuvo al margen. El episodio terminó sin bajas graves, pero le costó a la escuadra una severa amonestación de Brown.
El genio táctico de Brown, que adaptó el esquema de Nelson en Trafalgar a las aguas poco profundas de Quilmes, fue determinante para el desenlace del combate.
Para la mañana del 30, la división imperial había recibido refuerzos y sumaba 23 unidades, dispuestas en línea de batalla a dos millas del canal exterior. Brown decidió repetir una variante de la táctica que Nelson había usado en Trafalgar: cortar la línea enemiga para desarticular su formación y obligar a los buques de mayor calado a maniobrar en aguas que no les eran propias. Antes del ataque, izó la señal que quedaría grabada en la tradición naval argentina: “Es preferible irse a pique antes que rendir el pabellón”.
La “25 de Mayo” cortó la línea imperial a la altura del bergantín “Caboclo” y sostuvo, junto a la “Río de la Plata”, tres horas de fuego cruzado contra las unidades brasileñas. Espora resultó gravemente herido; su nave recibió 30 impactos sobre la línea de flotación y 3 por debajo, y quedó desarbolada de proa y escorada.
En la “Río de la Plata”, agotada la munición, la tripulación de Rosales fabricó cartuchos improvisados con pólvora suelta y jirones de su propia ropa para no dejar de responder el fuego. Cuando la “25 de Mayo” estuvo a punto de ser abordada, la goleta “Sarandí” y las cañoneras la rescataron; Brown trasladó su insignia al bergantín “República” y continuó hostigando al enemigo.

El río que cambió el combate
La geografía de Punta Quilmes, de escaso calado, resultó hostil para los buques oceánicos brasileños. Brown, que conocía el terreno, explotó esa ventaja con sus unidades de fondo más plano. El punto de inflexión llegó cuando la fragata “Niterói”, insignia de James Norton, comenzó a sondar poca agua y encalló durante la persecución. Con la bajante amenazando a sus buques pesados, Norton ordenó la retirada general. La escuadra argentina, maltrecha pero invicta en su determinación, regresó a Buenos Aires empavesada como en día de gala.
La escuadra regresó a Buenos Aires con la “25 de Mayo” prácticamente inutilizada. Espora, herido de gravedad, fue trasladado a tierra para su recuperación; según relatos de la época, había pedido a sus oficiales que, de ser abordada la nave, arrojaran su cuerpo al mar antes que dejarlo como trofeo del enemigo. Días más tarde, ya sin posibilidad de reparación, la corbeta se hundió en Los Pozos: fue la única pérdida material de peso para la escuadra argentina en todo el combate.
La guerra continuaría casi dos años más, con nuevos enfrentamientos navales antes de desembocar en la Convención Preliminar de Paz de 1828, mediada por Gran Bretaña, que reconoció la independencia de la Banda Oriental y dio origen a la República Oriental del Uruguay.

Los tres valientes, 200 años después
Terminado el combate, Brown resumió lo ocurrido con una frase que se repite todavía en la Armada Argentina: “No conozco más valientes que Brown, Espora y Rosales”. El reconocimiento a los tres protagonistas de Quilmes no quedó solo en los libros de historia. Hoy, la Armada Argentina opera las corbetas ARA “Espora” (P-41) y ARA “Rosales” (P-42), de la clase MEKO 140, en homenaje a ambos comandantes; la casa donde vivió Espora, en la avenida Caseros de Buenos Aires, es hoy el Museo de Historia Naval Coronel de Marina Tomás Espora, con una estatua del prócer a su entrada, y su nombre identifica además a la Base Aeronaval Comandante Espora, en Bahía Blanca.
La corbeta “25 de Mayo”, tan dañada que se hundió días después en Los Pozos, no volvió a navegar. Pero la determinación de sostener el combate frente a una fuerza muy superior —y la frase que Brown izó esa tarde— se convirtió en una de las referencias morales que la Armada Argentina sigue invocando en cada aniversario.

Un legado que no depende del resultado
El Combate Naval de Quilmes no fue una victoria en el sentido clásico: no hubo capturas ni rendición enemiga. Fue, en cambio, una victoria de denegación: impidió que el Imperio del Brasil ocupara Quilmes y estrechara el cerco sobre Buenos Aires, y demostró los límites del dominio imperial sobre el estuario. Junto con Los Pozos, Juncal, Carmen de Patagones, Monte Santiago y Punta Lara, integra el conjunto de acciones navales que, entre 1826 y 1828, terminarían allanando el camino hacia la Convención Preliminar de Paz y la independencia de la Banda Oriental.
A 200 años de aquellas dos noches de julio, Quilmes se sigue recordando no por el resultado táctico, sino por lo que representa: que el conocimiento del propio terreno y la determinación de no rendirse pueden compensar la inferioridad frente a una fuerza mayor.