Mar Adentro
“Servir a la Patria es estar, es atender”
viernes, 30 de octubre de 2026
La Suboficial Mayor Enfermera Lorena Beatriz Martínez ejerce el cargo de Suboficial de Destino del Hospital Naval Puerto Belgrano. De sus comienzos en Tucumán a una misión humanitaria en Haití, su trayectoria reúne vocación de servicio, apoyo familiar y una forma de conducir basada en la empatía.

Su recorrido, desde sus primeros pasos en la sanidad naval hasta la conducción de una estructura de más de 1.200 personas, está marcado por la vocación y el compromiso.
Martínez nació y creció en el barrio Villa Luján de San Miguel de Tucumán. Desde chica sintió atracción por la vida militar, en parte por acompañar a su padre, quien era agente civil del Ejército Argentino.
En 1991 rindió los exámenes de ingreso y, un año después, se incorporó a la Armada. Dejó su provincia para comenzar una nueva etapa en Puerto Belgrano. Su padre le advirtió sobre las dificultades que podía encontrar, pero ella tenía la decisión tomada.
“A mí me gustaba la parte militar, me encantaba”, recuerda. Enfermería no había sido su primera opción, pero finalmente le tocó formarse en sanidad. En 1994 egresó de la Escuela de Sanidad Naval como Cabo Primero.
La práctica con pacientes fue decisiva para descubrir su vocación. “El papel frío es una cosa, pero después, cuando vos tenés que plasmar todo lo que estudiaste con el paciente, es diferente”, explica.
Disfrutaba del trabajo en las salas y del contacto directo con las personas. Lo que comenzó como una especialidad asignada, se convirtió en parte central de su identidad profesional.
Su primer destino fue el Hospital Naval “Dr. Pedro Mallo”, en Buenos Aires. Luego desarrolló gran parte de su carrera en Puerto Belgrano, con pasos por la Escuela de Sanidad Naval, Sanidad de Base, la Escuela de Suboficiales de la Armada y distintas áreas del Hospital Naval Puerto Belgrano. Trabajó en oncología, clínica médica, guardia, emergencias y terapia intensiva.
Durante tres años integró la dotación de la corbeta “Gómez Roca”, de la Flota de Mar, una experiencia que recuerda con especial entusiasmo. “La sanidad a bordo exigía estar preparada para cumplir distintas funciones y adaptarse a las necesidades de la navegación. El enfermero en el barco no para, tenés que cubrir todos los roles”, resume.
Esa experiencia también moldeó su manera de conducir. Para Martínez, la tarea sanitaria no consiste solamente en resolver una necesidad médica, sino también en escuchar, comprender y acompañar a cada persona.

Haití, una experiencia que la marcó
En 2011 fue seleccionada para participar de Haití XIV, una misión internacional desplegada tras el terremoto que había devastado el país en enero de 2010. Permaneció allí más de seis meses junto con personal de la sanidad naval y de otras Fuerzas.
Desde hacía tiempo deseaba participar, aunque la misión implicaba alejarse de sus hijos, entonces adolescentes. Contaba con el apoyo de su esposo, Leonardo Acuña Quevedo, también integrante de la Armada – hoy retirado- y quien durante muchos años formó parte del equipo de Pentatlón Naval.
En Haití encontró una realidad muy distinta de la que conocía. La falta de alimentos, agua potable y atención sanitaria, junto con las condiciones de vida de las familias y los niños, la impactaron profundamente.

Las necesidades excedían muchas veces las posibilidades de intervención de su equipo. Las guardias y las tareas sanitarias le dieron una rutina, pero algunas imágenes permanecieron con ella, especialmente las de los niños de los orfanatos que le pedían que los llevara a la Argentina.
Durante ese despliegue, egresó del secundario su hija Naomy. Fue una de las ausencias que recuerda como parte de una carrera en la que, a veces, servir implica estar lejos de casa.

Una carrera sostenida por la familia
Martínez conoció a su esposo durante un viaje de licencia, en un transbordo de colectivos en Córdoba, donde era oriundo él. Ambos pertenecían a la Armada y la relación continuó durante su formación y se casaron después de su egreso.
Llevan juntos 35 años y juntos criaron a sus dos hijos: Naomy, de 31 años y bioquímica, y Uziel, de 29 y docente de nivel inicial con orientación artística y musical. Compatibilizar la crianza con las guardias y las responsabilidades profesionales requirió una red de apoyo.
Una persona fundamental fue Candelaria, una vecina que conoció en el hospital y que durante diez años, la ayudó a cuidar a los chicos. “Ella fue el apoyo y una segunda madre para mis hijos”, recuerda agradecida.
Sus padres, de 85 y 82 años, siguen viviendo en Tucumán, adonde Lorena procura regresar todos los años, a veces hasta tres veces. Allí también están sus raíces y los recuerdos de su infancia, aunque sus tres hermanos se radicaron en Ushuaia en busca de trabajo y nuevas oportunidades.

Cada visita tiene un significado especial: con sus padres ya mayores, el tiempo compartido se convierte también en una forma de cuidado.
“Los atiendo mucho a mis papás, porque ya son muy grandes. Entonces, por unas horas, cambio el uniforme y el rol: vuelvo a ser hija, pero también pongo en práctica mis conocimientos de enfermería para acompañarlos y estar pendiente de sus necesidades”, cuenta.
La distancia no siempre le permitió a su familia acompañarla de cerca, pero sus raíces siguieron siendo una referencia a lo largo de su carrera.

Conducir desde la cercanía
El 6 de julio de este año asumió como Suboficial de Destino del Hospital Naval Puerto Belgrano y se convirtió en la primera mujer en ocupar el cargo. Quedó al frente de una estructura con alrededor de 27 departamentos y más de 1.200 personas, entre personal militar, civil y otras modalidades de contratación.
Su conocimiento de la institución fue clave para pasar de conducir sectores específicos a tener una mirada general. “Me manejo bien porque conozco cómo es el hospital. Hace muchos años que estoy acá en Puerto Belgrano”, señala.
Cada mañana, alrededor de las 7.40, se reúne con los suboficiales de los departamentos para recibir novedades, definir prioridades y organizar la jornada. Confía en la experiencia de su equipo y en el trabajo conjunto.
También recibe a personas con problemas para conseguir turnos, trámites pendientes, dificultades para acceder a medicamentos o preocupación por familiares internados. Antes de buscar una respuesta, procura escuchar.

“Acá viene la gente con su preocupación. Hay que atender la necesidad de la persona”, explica. Les ofrece un lugar para sentarse, pregunta qué necesitan y busca una solución, ya sea directamente o a través de las áreas correspondientes.
Para Martínez, la jerarquía no debe ser un obstáculo para el trato humano. “No podés ser un militar frío, duro. La gente necesita una persona que te escuche, que sea empática, que pueda solucionar”, sostiene.
La responsabilidad tampoco termina al salir del hospital: sigue pendiente de las novedades y en contacto con el personal de guardia. “Llego a casa y mi cabeza sigue, sigue, sigue”, cuenta. Aunque le cuesta desconectarse, confía en su equipo.

Tras más de 30 años de servicio, Martínez alcanzó la máxima jerarquía de suboficial. Su nombramiento también representa una referencia para otras mujeres que aspiran a ocupar puestos de conducción en la Armada.
Al mirar el camino recorrido, habla de la institución con orgullo y satisfacción. Llegar a la máxima jerarquía de suboficial y asumir un puesto de conducción que nunca imaginó alcanzar representa, para ella, mucho más que un logro profesional. “Para mí servir a la Patria es todo, es estar, es atender. Es un orgullo haber llegado a donde llegué”, afirma.
